La Reforma Electoral presentada este miércoles por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no es para nada una ley o un procedimiento legislativo más, ya que tiene una dimensión altamente social y ahí es donde está su valor y desde donde se origina seriamente el debate.
Bajarle lo que le cuestan las elecciones a la gente no es solo una medida administrativa, es a todas luces, un mensaje político propio del Segundo Piso de la Transformación que dice que la ciudadanía tiene el derecho a que se gaste bien el dinero público.
En un contexto de desigualdad persistente, cada peso destinado a los partidos políticos genera repudio de la población, ajustar el modelo es darle ese lugar al sentimiento público, algo que la presidenta Sheinbaum ha demostrado conocer.
La propuesta de eliminar listas plurinominales, por ejemplo, toca un lugar muy profundo en el corazón del país. La percepción de que existen cargos sin vínculo directo con quienes salieron a votar.
Más allá de la discusión técnica sobre representación proporcional, el trasfondo es la intención de la presidenta, heredada del liderazgo de Andrés Manuel López Obrador, para acercar la política a la gente y disminuir la distancia entre ciudadano y legislador.
Además, el impulso a mecanismos de democracia participativa como el voto electrónico sin duda actualiza el sistema a una realidad digital donde la población exige procesos más ágiles y transparentes. Es un paso para reconstruir la confianza de la gente en las elecciones.
Ahora bien, ninguna reforma electoral es , por supuesto, neutra. Siempre redistribuye poder. Por eso el verdadero valor social no radica únicamente en los cambios propuestos, sino en la capacidad del Congreso para debatirlos con apertura. Es algo que veremos a partir del lunes que la presidenta envíe su propuesta al Congreso de la Unión.
Si la discusión logra centrarse en fortalecer la representación, transparentar el dinero público y ampliar la participación de la gente, la reforma trascenderá la coyuntura y la inconformidad que despierta en la oposición. Queda claro que la reforma es una oportunidad histórica de darle a la gente las llaves de la política, una lucha en la que la propia Cuarta Transformación está inscrita.