Michel Foucault sostenía que el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas de poder, sino aquello por lo que se lucha y mediante lo que se ejerce el poder.
Quizá por eso la frase que terminó marcando la conferencia mañanera de Marina del Pilar no fue la relacionada con los audios, los presuntos enlaces con el FBI o el nuevo episodio de su confrontación con Jaime Bonilla. Fue una bendición.
"Desearle paz, que Dios lo bendiga", respondió la gobernadora cuando nuevamente le preguntaron por el exmandatario. La expresión pudo escucharse como un gesto de serenidad o incluso de inspiración religiosa, pero en política las palabras rara vez son inocentes. También delimitan posiciones, envían señales y, en ocasiones, modifican el terreno donde se libra una disputa.
La gobernadora recordó las expresiones de la presidenta Claudia Sheinbaum y de Ariadna Montiel, dirigente nacional de MORENA, sobre la importancia de preservar la unidad del movimiento, una referencia que la coloca públicamente dentro de la línea política que MORENA ha buscado proyectar frente a sus diferencias internas.
Y es justó ahí donde la bendición adquiere otra dimensión. Y hay que ser claros, lo hace no porque resuelva el conflicto con Jaime Bonilla ni porque borre las preguntas que siguen abiertas alrededor de los audios o de aquella reunión.
Tampoco porque implique una reconciliación entre dos personajes cuya relación política parece haber llegado a un punto sin retorno.
Lo relevante es que la respuesta dejó de girar exclusivamente alrededor de las acusaciones para trasladarse al terreno del significado político.
Desearle paz a un adversario evita el insulto, pero también transmite la idea de que quien mantiene vivo el enfrentamiento es el otro.
Pedir que Dios lo bendiga permite responder sin elevar el tono y, al mismo tiempo, proyectar una imagen de contención en un momento en el que la dirigencia nacional insiste en privilegiar la cohesión del partido por encima de las disputas personales.
Hay un viejo principio de la lucha libre mexicana que todos los mexicanos sabemos por ósmosis cultural, y radica en que el rudo siempre busca que el técnico pierda la paciencia. En el momento en que responde con el mismo golpe, ya sea un pierrotazo o un foul, deja de pelear como técnico y acepta las reglas del rival, entonces se habrá convertido en la propia irá a la que enfrenta.
Por eso, esta vez Marina pareció apostar por la lógica contraria. No abandonó el ring, pero tampoco aceptó disputar la pelea en los términos que le planteaba el exgobernador.
Las interrogantes de fondo seguirán intactas y sin respuesta definitiva, al menos a la brevedad, por lo que su resolución dependerá de evidencias y no sólo de discursos y descalificativos.
Quizá por eso, más que responder a Jaime Bonilla, Marina pareció disputar algo mucho más importante: el derecho a elegir el lenguaje con el que terminará contándose este episodio.
Porque, como advirtió Foucault, el poder no sólo se ejerce desde las instituciones, también desde las palabras con las que una historia termina siendo recordada.
