El atropellado regreso de Rubén Rocha Moya a la gubernatura de Sinaloa terminó diciendo mucho más de lo que probablemente buscaba demostrar.
Porque más que confirmar que todavía podía volver al cargo, la maniobra dejó al descubierto, en cuestión de horas, hasta qué punto se había encogido su margen político.
Con ese telón de fondo, y después de 112 días de licencia, Rocha reapareció el 21 de agosto asegurando que regresaba con la conciencia tranquila y con la intención de retomar las riendas del estado.
Sin embargo, la reacción de desaprobación fue casi inmediata.
Morena se deslindó de la decisión, la Secretaría de Gobernación dejó claro que no había sido una determinación concertada y distintos actores del propio movimiento comenzaron a marcar distancia.
A ello se sumaron 23 gobernadores de la Cuarta Transformación, quienes cerraron filas con Claudia Sheinbaum y llamaron a privilegiar la estabilidad de Sinaloa.
El mensaje presidencial terminó por darle otra dimensión al episodio, porque Claudia Sheinbaum sostuvo que ningún interés personal puede estar por encima del pueblo ni de la nación, una definición suficientemente clara para entender que el retorno de Rocha no contaba con respaldo político federal.
Poco después, cuando el gobernador volvió a solicitar licencia por tiempo indefinido, la mandataria consideró que esa decisión había sido “lo mejor para Sinaloa”.
Recapitulando toda esta cronología, más que un simple regreso fallido, lo ocurrido puede leerse como una medición pública de fuerza.
Rocha volvió intentando recuperar autoridad, presencia e iniciativa política, pero terminó confirmando que el escenario había cambiado radicalmente durante su ausencia.
Alrededor de ese movimiento surgieron también interpretaciones sobre las razones jurídicas de su retorno, particularmente por el proceso abierto en Estados Unidos.
La hipótesis de que buscó recuperar las prerrogativas asociadas al cargo forma parte de la conversación política, aunque hasta ahora no existe evidencia pública suficiente para sostener que ese haya sido el motivo central.
Lo verificable, en cambio, resulta mucho más contundente, y ahí no tiene para dónde hacerse Rocha, al enfrentar un escenario judicial complejo en Estados Unidos, mientras la cooperación bilateral en materia de seguridad se ha intensificado y figuras como Omar García Harfuch mantienen una interlocución cada vez más estrecha con agencias estadounidenses, y en especial la DEA.
Todo ello vuelve inevitable la especulación, pero no hace falta convertirla en certeza para entender el tamaño del problema.
Es así que surgen decenas de versiones, y que poniéndolas en el redil, ninguna de ellas termina siendo tan descabellada.
La consecuencia más profunda de estas 34 horas no está en quién lo respaldó o quién decidió apartarse, sino en la fragilidad que quedó expuesta.
Un gobernador puede recuperar formalmente el despacho, la firma y las atribuciones del cargo, pero si su capacidad de conducción depende de un respaldo político que ya no controla, el poder comienza a convertirse en una formalidad.
Sí, posiblemente sólo buscaba fuero… pero lo único que logró fue el rechazo a su actuar y el abandono en el que ha quedado, convirtiéndose en la confirmación de su caída.
Y de ésta, no se le ve por dónde salga, porque a su antigua oficina no regresará. Eso es seguro.