En la formación científica de Claudia Sheinbaum hay una idea que ahora parece trasladarse con claridad a su manera de gobernar.
El concepto es tan básico como poderoso, y reside en que un país también se construye dentro de un salón de clases.
Por eso la apertura de 37 mil 503 lugares gratuitos en instituciones públicas de educación superior tiene una lectura que va bastante más allá del anuncio educativo.
En realidad, toca uno de los puntos más delicados del desarrollo mexicano, como es la necesidad de ampliar la base de jóvenes preparados en un momento en que el país quiere atraer industria, sofisticar su manufactura y competir en sectores que exigen cada vez más conocimiento.
El dato más revelador está en la escala, y vale la pena estudiarlo, ya que entre 2024 y 2026 se reportan 245 mil 111 nuevos espacios en educación superior pública, muchos de ellos generados mediante reorganización presupuestal de las propias instituciones.
Eso significa que la apuesta no descansa únicamente en levantar nuevos edificios, sino en utilizar mejor la capacidad existente y ampliar la puerta de entrada.
Ahí aparece una característica interesante del gobierno de Sheinbaum, mirar la educación con lógica de largo plazo.
México puede presumir exportaciones, parques industriales o nuevas inversiones, pero si no forma suficientes ingenieros, programadores, técnicos, investigadores, docentes y profesionistas especializados, buena parte de ese crecimiento terminará encontrando un techo.
La propia composición de la nueva oferta dice mucho. Ingeniería industrial, telecomunicaciones, informática, desarrollo de software, bioquímica, arquitectura, química, salud, medio ambiente y otras áreas están directamente vinculadas con sectores productivos y estratégicos.
Eso tampoco significa que abrir lugares sea suficiente, ya que el verdadero desafío estará en la calidad, la permanencia, los profesores disponibles, la infraestructura y la capacidad de conectar esas carreras con las necesidades reales del país.
Así que medir únicamente cuántos entran sería quedarse con la mitad del diagnóstico.
John Dewey escribió que “la educación no es preparación para la vida; la educación es la vida misma”.
En términos menos filosóficos y más mexicanos, también podría decirse de otra manera. Cada joven que consigue estudiar amplía un poco la capacidad del país para producir, innovar y competir.
Justo ahí reside el peso verdadero de esta apuesta, una inversión pública poco vistosa en el corto plazo, pero capaz de definir durante décadas el tamaño de las posibilidades de México.