Alejandro ‘Alito’ Moreno volvió a encontrarse con una pregunta que desde hace tiempo acompaña su carrera política, la posibilidad de perder el fuero y enfrentar un proceso que eventualmente pueda llevarlo ante un juez.
Cuestionado sobre si teme terminar en prisión, respondió que no tiene “nada que esconder ni ocultar”, frase con la que buscó cerrar el tema aunque difícilmente consigue borrar el peso político de esa sombra.
El contraste resulta todavía más llamativo porque Alito continúa presentándose como uno de los opositores más duros del país, mientras denuncia presuntos actos de corrupción ajenos, acusa persecución política y asegura que el PRI sigue siendo un partido “inmortal”.
Moreno llegó a la dirigencia nacional en 2019 y desde entonces el PRI ha sufrido derrotas que redujeron considerablemente su presencia territorial.
Perdió gubernaturas que durante décadas habían sido bastiones priistas, entre ellas el Estado de México e Hidalgo, mientras su representación electoral nacional quedó muy lejos de los tiempos en que podía disputar por sí mismo la Presidencia de la República.
Ahora habla de construir acuerdos y una gran coalición rumbo a 2027, mientras insiste en que al partido le irá bien y descarta cualquier riesgo de desaparición.
Nada de eso borra la contradicción central, en la que Alito puede culpar al oficialismo, denunciar abusos y envolverse en el papel de opositor perseguido, aunque el deterioro del PRI durante su presidencia sigue siendo un hecho político imposible de explicar únicamente por factores externos.
El PRI podrá ser inmortal, como presume Moreno, aunque políticamente lleva varios años perdiendo vidas.
Y muchas de ellas se le fueron mientras Alito tenía el control, pero eso jamás lo aceptará.