Recorrer el país escuchando las necesidades de sus habitantes se dice fácil, hasta que se dimensiona lo que realmente implica. Una cosa es viajar por México y otra muy distinta llegar a cada Estado con proyectos nuevos, obras en marcha y, sobre todo, resultados que poner sobre la mesa.
Durante las últimas semanas, Claudia Sheinbaum hizo justamente eso, al atravesar las 32 entidades para rendir cuentas de dos años de gobierno, lo que terminó ayer domingo en el Zócalo, después de una gira que reunió a más de 800 mil personas, desde Yucatan hasta Tijuana.
Aunque el Segundo Informe pudo quedarse guardado en Palacio Nacional, la presidenta Sheinbaum prefirió llevarlo al territorio, donde las cifras tienen que volverse logros cuantitativos y convertirse en carreteras, hospitales, trenes, escuelas, agua, vivienda y recursos que efectivamente lleguen a las familias.
Y es que recibir la herencia política de López Obrador nunca significó que tuviera que vivir de ella, simplemente Sheinbaum mantuvo la columna social de la 4T y sobre esa base colocó decisiones, obras y prioridades propias de su gobierno. Y eso tiene aún más mérito, porque continuar un proyecto exige algo más complicado que romper con el pasado, al construir una identidad propia sin dinamitar aquello que te llevó al poder.
Por eso, a estas alturas, su administración tiene resultados suficientes para defenderse sin tener que recurrir permanentemente al gobierno anterior como punto de comparación.
Los 32 hospitales inaugurados desde el comienzo del sexenio, los proyectos ferroviarios, la inversión en vivienda, infraestructura hidráulica, educación y la ampliación de programas sociales forman parte de un gobierno que mantuvo el acelerador puesto desde que llegó.
Así que el Zócalo terminó siendo algo más que la última parada y Sheinbaum eligió este escenario para hablar de soberanía justo cuando la relación con Estados Unidos obliga a cuidar cada palabra.
“Sólo el pueblo determina el destino de México”, dijo. No mencionó a Donald Trump, pero tampoco hacía falta para entender la posición, en la que México puede cooperar con su principal socio sin aceptar que desde afuera se decida hasta dónde llega su soberanía.
Su discurso fue poderoso y emotivo, y fue el marco perfecto para el regresó al Zócalo a rendir cuentas del presente…ese mismo que ya construyó con el poder en las manos.