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TINTA DE LA CASA
Sheinbaum apacigua al “Wolverine” de la Patagonia
Javier Milei debe preparar el mate con limaduras de adamantium, porque cada mañana amanece haciendo bilis, convencido de que el planeta entero conspira para detenerlo.
A cualquier otro bonaerense semejante producción de ácido ya le habría cobrado factura en el hígado, pero al “Logan de Buenos Aires”, por lo visto, el adamantium también le recubre la vesícula.
Esta vez aseguró, sin presentar pruebas públicas, que los gobiernos de Brasil y México, junto con el Partido Demócrata de Estados Unidos, financiaron una campaña “antiargentina” durante el Mundial de 2026.
Una operación internacional tan sofisticada que, de acuerdo con su relato, habría reunido a tres gobiernos e innumerables cuentas digitales para criticar a la selección que perdió la final contra España.
Milei volvió a mostrar las garras, sólo que a la presidenta Claudia Sheinbaum le bastaron unas cuantas frases pronunciadas para bajarlo de su nube y señalar que la acusación era falsa.
México no financia campañas contra otros países y su política exterior se guía por la no intervención, la autodeterminación de los pueblos y el respeto, principios que forman parte de la política nacional.
La respuesta presidencial mexicana fue eficaz precisamente porque no aceptó participar en el espectáculo.
No hubo insultos contra Argentina, descalificaciones hacia su población ni esa clase de patriotismo que termina confundiendo a un gobierno con toda una nación.
Se respondió al mandatario, no a los argentinos, una distinción elemental que suele perderse cuando la xenofobia se utiliza como escudo para no enfrentar una crítica.
Milei sostiene que Argentina se convirtió en un “emblema de la libertad” mientras atribuye los cuestionamientos a una coordinación de “cabezas progresistas” temerosas del éxito de su modelo.
Y éste no es un episodio aislado, porque desde su llegada al poder, Milei ha convertido la confrontación internacional en una extensión de su batalla cultural.
Ya llamó “ignorante” a Andrés Manuel López Obrador, ha cuestionado a Sheinbaum y recientemente provocó una crisis diplomática con Brasil después de insultar a Luiz Inácio “Lula” da Silva.
Lo paradójico es que un mandatario que presume combatir a quienes viven del Estado termine utilizando el aparato presidencial para alimentar una guerra cultural que necesita enemigos nuevos.
Hoy son México, Brasil y los demócratas estadounidenses; mañana podrían ser la FIFA de Infantino, Mafalda, el fantasma de Maradona, y en una de esas y hasta Milei termina echando culpas al buen Ricardo Antonio LaVolpe y su famosa línea de cinco.
El problema es que, cuando todos terminan convertidos en sospechosos, la acusación deja de parecer una denuncia seria y empieza a sonar como la coartada de un gobierno incapaz de aceptar una crítica.
Pero bueno, nos queda claro que Sheinbaum no aplastó a Milei mediante la altanería de éste, sino negándose a competir en ella.
Y al final, sí, el Wolverine de la Patagonia volvió a presumir las garras, pero Sheinbaum sólo tuvo que dejarlo hablar para recordar una verdad incómoda… ser presidente de una gran nación como Argentina no lo exime de hacer el ridículo día con día.
Bonilla cruzó una línea que ya no tiene regreso
La política tiene una regla que muchos conocen y pocos aceptan: el poder se termina. Se puede seguir opinando, influyendo, criticando y defendiendo lo hecho, pero existe una diferencia enorme entre permanecer en la conversación pública y quedarse atrapado en un mal bucle.
Para cuando estas líneas estén siendo leídas, el periodista Luis Chaparro ya habrá difundido la versión completa del video en el que, presuntamente, se escucha al petista Jaime Bonilla decir que dedicará “todo el pinche tiempo que tenga de vida” a estar “chingando” a la gobernadora Marina del Pilar, añadiendo que le va a “romper su madre”.
La frase no necesita demasiada interpretación, porque más que una diferencia política suena a un compromiso de vida, de esos que nacen de un rencor vivo, como los que Rulfo dejó vagando por Comala.
En la conversación también se le atribuyen reclamos por las auditorías practicadas a integrantes de su administración y referencias al caso Fisamex, del que habría dicho que era “puro pinche chorizo”.
Es de dominio popular que el origen del enojo estaría relacionado con el contrato de la planta fotovoltaica, por el que el Gobierno del Estado mantiene denunciados a Bonilla y a varios de sus exfuncionarios.
Y resulta lamentable, porque Bonilla bien podría estar disfrutando del retiro en sus aposentos de PSN, escuchando a Creedence Clearwater Revival, comiéndose un caldito de pollo y dejando que las Centrum Silver hicieran lo suyo.
Pero no. Ha preferido seguir alimentando un pleito que, a estas alturas, parece sostenerlo más a él que a su propia causa.
Volviendo a la grabación, si ésta resulta auténtica y la segunda parte termina por cimbrar las esferas del poder, el asunto deja de ser una simple pieza de grilla política y estaríamos hablando de una amenaza directa contra la mandataria del estado, pronunciada por un exgobernador que se aferra a la influencia política, empresarial y mediática.
Porque una cosa es la confrontación, incluso la más ríspida, y otra muy distinta anunciar que se dedicará el resto de la vida a perseguir a una adversaria.
Bonilla aplicó la de cajón y aseguró que no reconoce el lugar, la fecha ni a las personas que aparecen en el video, alegando que la inteligencia artificial ya puede clonar la voz de cualquiera.
Tiene razón. La IA ya hace cosas extraordinarias, pero lo que todavía no consigue fabricar por sí sola son años de confrontaciones, auditorías, denuncias cruzadas y agravios públicos.
Así que en medio de esa larga historia, el “Berlusconi de la Liber” parece haberse quedado instalado en una época en la que el poder se ejercía a gritos e intimidación y aplastar al adversario era considerado una demostración de carácter.
Ese libreto envejeció hace mucho y cada nueva bravuconada lo muestra menos como un hombre temible que como el abusón del salón que nunca se enteró de que la secundaria terminó hace décadas.
Quizá ahí radique la verdadera derrota. Cuando un político necesita al mismo enemigo para seguir siendo protagonista, deja de pelear contra su adversario y empieza a perder frente al tiempo. Y esa es una batalla que nadie ha ganado.
