Viernes 18 de septiembre de 2026
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TINTA DE LA CASA

Marina del Pilar abre la puerta a 2500 jóvenes para su primer empleo
Cuando uno se encuentra estudiando en la universidad, además de soñar con título y buenas calificaciones, es muy normal tener esos pensamientos acerca de cómo se enfrenta el mundo y sobre todo, hacia dónde nos llevará el trabajo.

Desgraciadamente, el mundo laboral suele recibir a los jóvenes con una paradoja bastante menos romántica.

Para conseguir experiencia les piden experiencia, siendo un pequeño absurdo que ha dejado a generaciones enteras tocando puertas con un currículum todavía flaco, mientras descubren que entre terminar una carrera y comenzar una vida profesional existe un territorio donde nadie explica muy bien cómo cruzar.

Por eso tienen sentido las más de 2,500 vacantes que se acercaron a jóvenes de Baja California en las ferias de empleo de Mexicali y Tijuana.

Más de 70 empresas participaron con plazas en manufactura, comercio, logística, servicios y tecnología, y particularmente acertado resulta haber llevado una de estas jornadas hasta la UABC.

Si durante años hemos repetido que universidad y sector productivo necesitan hablarse, lo razonable es comenzar por sentarlos frente a frente.

La política laboral impulsada por el gobierno de Marina del Pilar Ávila tiene ahí una oportunidad que vale más que las cifras propias.

Un joven que encuentra empleo formal comienza a cotizar, obtiene seguridad social, conoce sus derechos y adquiere experiencia.

Parece poca cosa hasta que recordamos cuántas historias laborales empiezan exactamente al revés, trabajando sin contrato, sin prestaciones y bajo la eterna promesa de que más adelante llegará algo mejor.

Aunque una feria tampoco hace milagros, es interesante conocer estas propuestas y conocer cuántos de esos encuentros terminaron en contrataciones y, todavía más importante, qué ocurrió después con esos jóvenes.

Pero lo que sí debemos de apuntalar, es que detrás de estas jornadas existe algo que las estadísticas difícilmente alcanzan a contar.

Alguien llegó con una carpeta bajo el brazo, quizá con su primer currículum, algunos nervios y muy poca experiencia que presumir, y encontró una empresa dispuesta a escucharlo.

Por ello, las grandes políticas públicas suelen medirse en miles. Para quien busca su primera oportunidad, basta una puerta que finalmente se abra.
La ciencia de Sheinbaum frente al rey
Entre varias de sus acciones, una muy buena debe estar haciendo Claudia Sheinbaum, porque desde Buckingham no le han escrito únicamente para felicitar a México por su Independencia, sino para hablarle de uno de los asuntos que conoce desde mucho antes de aprender los códigos del poder.

El rey Carlos III escogió el cambio climático, territorio nada accidental para un monarca que lleva medio siglo cargando esa bandera y tampoco para una presidenta que llegó a la política después de pasar por las aulas, la investigación energética y los trabajos del IPCC.

Como se sabe, la diplomacia es un oficio donde hasta los afectos llevan protocolo y donde una carta rara vez significa exactamente lo que algunos titulares quieren hacerle confesar.

Carlos III pudo escribir sobre comercio, amistad bilateral, prosperidad o cualquiera de esas palabras de porcelana que sobreviven intactas a todas las recepciones diplomáticas.

Pero eligió hablar del planeta precisamente con una científica convertida en jefa de Estado.

Bien dicen que la coincidencia tiene peso.

Y quizá allí aparezca una de las fortalezas menos vistosas de Sheinbaum.

La formación científica de Claudia estaba ahí cuando todavía no existía Morena y nadie imaginaba su nombre sobre la puerta de Palacio Nacional.

“Lo que sabemos es una gota; lo que ignoramos es un océano”, suele atribuirse a Newton.

Así que en tiempos donde la política internacional está poblada de certezas gritadas, quizá saber de qué se habla ya sea una ventaja considerable.

Carlos III llegó al trono por la larga aritmética de la sangre; Sheinbaum llegó a Palacio después de una trayectoria que antes pasó por laboratorios, aulas y publicaciones científicas.

En algún punto de caminos tan distintos apareció un lenguaje común, como lo es el clima, conversación donde los títulos nobiliarios y los cargos públicos sirven bastante menos que conocer el problema.

Por eso la carta vale más leída entre líneas, donde Carlos III no necesitó elogiar las credenciales científicas de Sheinbaum.

Bastó con escoger el tema y saber quién estaba del otro lado.