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TINTA DE LA CASA
Todos quieren con Harfuch, pero Harfuch sólo quiere trabajar
Omar García Harfuch acudió este jueves a San Lázaro para rendir cuentas sobre la seguridad del país, pero su presencia también permitió observar un fenómeno político que comienza a tomar dimensiones interesantes.
Y es que para nadie es un secreto que el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana se ha convertido en una de las figuras más reconocidas y atractivas, políticamente hablando, en el gabinete presidencial.
Así que entre legisladores que buscaban saludarlo, intercambiar algunas palabras y conseguir una fotografía, Harfuch mostró una popularidad que difícilmente puede explicarse únicamente por el cargo que ocupa.
Incluso Manuel Velasco, coordinador del Partido Verde, en días anteriores ya lo comparó con Pedro Infante por el entusiasmo que despierta y habló abiertamente de sus posibilidades rumbo a la elección presidencial de 2030.
Sin embargo, sería injusto reducir su comparecencia a las simpatías políticas que genera, especialmente cuando el funcionario llegó con asuntos bastante más importantes sobre la mesa.
En su comparecencia en el Senado, donde más tarde le dedicaron un silbido con la tonada de “Amorcito corazón”, Harfuch abordó las investigaciones por el asesinato del alcalde Carlos Manzo, los operativos contra el robo de combustibles, la infiltración del crimen organizado y los riesgos de violencia durante las elecciones de 2027.
Sin embargo, más allá de sus resultados cuantitativos, su intervención dejó ver a un secretario que conoce los expedientes, responde sin demasiados rodeos y procura mantener la discusión dentro de sus responsabilidades institucionales.
Pero particularmente, fue muy significativa su respuesta cuando le preguntaron por una eventual candidatura presidencial.
Agradeció los comentarios de Manuel Velasco, pero sostuvo que pensar en una agenda paralela sería una falta de respeto hacia las víctimas y sus propios compañeros.
Y es ahí donde su respuesta tuvo más peso que cualquier declaración anticipada de aspiraciones.
Ante la situación, no hay quien dude de que la presidenta Claudia Sheinbaum haya encontrado en Harfuch a uno de sus colaboradores de mayor proyección pública, un funcionario cuya disciplina y presencia fortalecen la conducción del gabinete de seguridad.
A su vez, Harfuch parece entender algo que muchos políticos descubren demasiado tarde, en el que las aspiraciones se anuncian fácilmente, pero que no entienden que el liderazgo se construye trabajando.
Sheinbaum demuestra que se puede tener mano firme sin cerrar puertas
Dice un viejo refrán que “lo cortés no quita lo valiente”, y pocas expresiones resultan tan oportunas para describir la manera en que Claudia Sheinbaum ha conducido uno de los episodios recientes de la relación diplomática entre México y Estados Unidos.
Apenas unos días después de la controversia generada en Querétaro, donde el embajador estadounidense Ronald Johnson participó junto al gobernador Mauricio Kuri en el inicio de un proyecto de capacitación policial que provocó cuestionamientos desde Palacio Nacional, ambos volvieron a encontrarse, esta vez acompañados de importantes representantes empresariales de los dos países.
La presidenta había señalado que cualquier colaboración internacional en materia de seguridad debía realizarse mediante los canales institucionales correspondientes, dejando claro que las buenas relaciones diplomáticas no representan una autorización para pasar por encima de las autoridades federales.
El señalamiento fue suficientemente claro, sin necesidad de prolongar la controversia ni convertir una diferencia administrativa y política en un pleito entre gobiernos.
Y ayer jueves, Sheinbaum recibió a Johnson y a integrantes de la Cámara de Comercio de Estados Unidos para conversar sobre inversiones, confianza empresarial y la importancia de fortalecer los vínculos económicos que sostienen buena parte de la relación bilateral.
Existe cierta habilidad política en saber poner las cosas en su lugar sin cerrar las puertas al día siguiente, método en los que Sheinbaum ha proyectado una gran capacidad para defender sus posiciones frente a Washington, sin caer en la tentación de hacer de cada desacuerdo una batalla pública.
Con todo ello, se ha demostrado que, en efecto, México necesita mantener una relación comercial sólida con Estados Unidos, pero esa necesidad no significa aceptar cualquier decisión ni guardar silencio cuando existen asuntos que corresponden exclusivamente a las instituciones mexicanas.
Y lo mejor para la viabilidad del país, es que la presidenta sabe que el respeto entre gobiernos se construye señalando diferencias y, sobre todo, teniendo la madurez para continuar trabajando después de ellas.
La soberanía no se negocia, pero tampoco necesita convertirse en espectáculo. Y Sheinbaum parece tener claro que para hacerse respetar no hace falta dar un golpe en la mesa, sino saber quién tiene la última palabra.