Las autoridades advirtieron en un primer momento sobre la posible llegada de olas de hasta tres metros, lo que encendió los protocolos de emergencia y vigilancia en zonas costeras.
El movimiento telúrico también fue perceptible en Tokio y otras ciudades, donde se reportó el sacudimiento de edificaciones y posibles daños materiales derivados de la intensidad del temblor.
Ante este escenario, se mantuvo el monitoreo constante de la actividad marítima y sísmica para prevenir riesgos mayores.
Posteriormente, el gobierno japonés dio por terminado el riesgo de tsunami; sin embargo, emitió una nueva alerta ante la posibilidad de un terremoto.