La confrontación entre Claudia Sheinbaum Pardo y TV Azteca, propiedad de Ricardo Salinas Pliego, es más que una simple coyuntura. No se trata de un tema más de la mañanera, sino que lo que en el fondo está sobre la mesa es el poder de una televisora para brincarse los impuestos y, de pilón, hacerse la víctima cuando es responsable de lo que se le acusa.
Salinas Pliego y su compañía encarnan dos problemas que la democracia mexicana ya debe de superar. Primero, ser fiscalmente irresponsable y, segundo, desinformar y mentir en televisión como herramienta de presión política.
Sucede que, cuando una televisora utiliza su alcance para contar historias de persecución, victimización y alarma, no está defendiendo la libertad de expresión, está más bien defendiendo sus intereses financieros.
La presidenta, en el papel de jefa de Estado, ha puesto el conflicto en el terreno de la rendición de cuentas. Le explica a los ciudadanos que los contenidos de TV Azteca tienen que ver con el uso político de la información y con el hecho de que se siguen resistiendo a cumplir con sus obligaciones hacia el Estado mexicano.
La apuesta presidencial es la de combatir la evasión de responsabilidades fiscales al mismo tiempo que erradica las mentiras en el espacio público mexicano. Eso, en un país donde hay muchos que confunden la libertad de expresión con la impunidad, no es una situación pasajera. Es quizás el centro mismo de la democracia nacional. Ésa es la mesa donde están las cartas del juego.
