El Mundial de 2026 podría haberse quedado en lo de siempre, con estadios llenos, pasión futbolística, boletos caros, turismo y una postal perfecta. Pero la presidenta Claudia Sheinbaum puso el ojo en otro lado.
La mandataria, la segunda en la era de la Transformación, demostró saber que un megaevento político no vale solo por dos horas de partido, sino por lo que se queda con la gente cuando el árbitro da el silbatazo final.
Ésa es la esencia del Mundial Social anunciado por el Gobierno de México. Lo que se pretende es convertir la fiesta futbolera en una política pública con vocación comunitaria.
Las más de cuatro ml canchas que se construirán o rehabilitarán en todo el país son eso, infraestructura social. Son espacios para niñas, niños, jóvenes, mujeres, adultos mayores y personas con discapacidad. Son territorio recuperado para la convivencia, la salud y la organización de todas las comunidades.
Claudia Sheinbaum propone que el Mundial no sea únicamente espectáculo, sino legado. Y ése es el valor de la estrategia, el llevar el fútbol de las grandes ciudades hacia las comunidades más alejados, abrir torneos escolares, impulsar la participación de las niñas y jóvenes, promover salud preventiva y detectar talento deportivo en todos los rincones del país.
Lo que Sheinbaum hace es llevar las políticas públicas a las canchas. El Mundial Social se juega cuando una niña participa en un torneo escolar, cuando una colonia recupera un espacio, cuando una persona mayor hace actividad física y cuando el deporte deja de ser privilegio y se convierte en derecho.
Frente al riesgo real de que el Mundial sea solo un negocio para la FIFA y las grandes empresas, Sheinbaum responde con políticas sociales que apuestan porque el balón ruede en favor del bienestar de las comunidades.
