En la teoría del buen Pedrito Bourdieu, el capital simbólico no es una medalla que alguien se cuelga frente al espejo, sino el reconocimiento, el prestigio y la legitimidad que una persona logra acumular dentro de un determinado espacio social.
Y cuando ese reconocimiento es compartido por los demás, deja de ser una simple percepción para convertirse en una forma de influencia.
En política, ese proceso suele anteceder al poder formal: primero cambia la manera en que los actores se comportan frente a un personaje y, mucho después, si las circunstancias lo permiten, llegan las urnas.
La más reciente encuesta de Enkoll para El Universal parece ofrecer una fotografía bastante clara de ese fenómeno.
Ismael Burgueño encabeza los principales indicadores de conocimiento, cercanía con la ciudadanía, honestidad, conocimiento del Estado y cumplimiento de compromisos, mientras Morena conserva una ventaja importante en la intención de voto por partido.
La medición coloca a Burgueño al frente en atributos que suelen ser mucho más difíciles de construir que la simple notoriedad. Una cosa es que la ciudadanía sepa quién eres; otra muy distinta es que asocie tu nombre con cercanía, honestidad o capacidad de cumplir compromisos.
Y ahí parece encontrarse, al menos por ahora, la principal fortaleza del alcalde de Tijuana.
Su posición tampoco surge de la nada. Haber sido alcalde de la ciudad más poblada de Baja California significa vivir permanentemente bajo los reflectores.
Así que volviendo al tema de las encuestas y su importancia, éstas no sólo registran preferencias, también modifican comportamientos, porque un buen resultado altera agendas, acelera reuniones, despierta adhesiones y obliga a los adversarios a recalcular estrategias.
Naturalmente, ningún sondeo gana elecciones. La historia política del país está llena de favoritos que terminaron convertidos en notas al pie y de aspirantes discretos que acabaron levantando la mano en la ceremonia del triunfo.
Sin embargo, también sería ingenuo reducir estos ejercicios a simples eventos sin consecuencias. Las percepciones sostenidas modifican alianzas, cambian prioridades, reordenan discursos y, en más de una ocasión, terminan alterando el comportamiento de quienes compiten por el mismo espacio de poder.
Ese es, probablemente, el hallazgo más interesante de la encuesta, porque más allá de los porcentajes, muestra que Ismael Burgueño dejó de ser únicamente un nombre dentro de una lista para convertirse en el principal punto de referencia de la conversación política rumbo a la sucesión estatal.
Quizá esa sea la mejor manera de entender a Bourdieu sin necesidad de abrir uno de sus libros. El capital simbólico no obliga a los demás a coincidir contigo, simplemente los obliga a tomarte en cuenta.
Y, al encabezar los principales indicadores de la medición de Enkoll, Burgueño parece haber acumulado justamente ese tipo de capital.
